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Tiempos Difíciles: La otra cara de las movilizaciones

Es preciso reconocer por lógica que, aunque no es exactamente santo de mi devoción, a ningún presidente en la historia de Colombia le ha caído una tempestad como la que se precipitó encima de Iván Duque desde el pasado 28 de abril con ocasión de la tan inesperada pandemia del coronavirus.

El paraguas con el que enfrenta esta precipitación paradójica y cuestionada por muchos se advierte deleznable y más aun con la anunciación de reformas y proyectos de ley que benefician en poco o nada a la clase más vulnerable del país según los líderes organizadores del paro.

Desde luego que no ha sido el único presidente con la soga al cuello, ya que Colombia no había visto a un jefe de Estado con el agua tan al cuello como al Dr Belisario Betancur en el año 1985; aunque a él le sobrevinieron auténticas catástrofes difíciles de olvidar: la toma del Palacio de Justicia entre el 6 y 7 de noviembre, y la avalancha de Armero, una semana después. A Betancur, que era llamado en aquel entonces como el presidente sabio, poeta y conciliador, no le quedó otra que encomendarse a Dios y motivar al pueblo a salir adelante con buena actitud.

Desafortunadamente a Duque esa fórmula bienhechora de instar a salir adelante con plegarias y actitud positiva no le funcionará.  Tras de que ya está el mentado mandatario caído políticamente hablando, por las circunstancias de su inexperiencia, el país está atizado por dos extremos políticos y por una llamada «lucha de clases» que nunca se había manifestado de esa manera tan revolucionaria.

Quizás, la chispa que ayudó a prender la mecha la puso Duque cuando se lanzó al agua con una reforma tributaria y amenazó con meterse al bolsillo de miles de colombianos que sienten que no pueden más con la crisis financiera y que claman porque se lleguen a optar por soluciones que no afecten directamente el bolsillo de los contribuyentes mediante el gravamen de impuestos a productos de primea necesidad.

El mandatario decidió aguantar el temporal. Pero tuvo que retroceder. Comenzó a oponer resistencia manifestando públicamente que no retiraría el proyecto; luego, que no sabía de dónde habían salido propuestas como el impuesto funerario; y, al final, terminó por retirar el texto definitivamente en una rueda de prensa el pasado domingo 2 de mayo.

Por si las cosas no pudieran estar más de bruces, nuestro país se ha ido desacreditando gradualmente ante las relaciones públicas internacionales. Tristemente Colombia volvió a ocupar los titulares de la prensa internacional, con una noticia ya bastante conocida: la violencia, desmanes, destrucción y trifulcas entre la institución policiaca y los civiles manifestantes.

Y, en el peor momento en años de imagen en el extranjero, el presidente sufrió otro golpe: la caída de su canciller. Con ella, ya eran dos ministros por fuera en medio de la crisis. Tormenta anunciada Como si hubiera sido una premonición, Duque inició su gobierno, el 7 de agosto de 2018, en medio de un huracán de problemáticas, que arrasó banderas y sombrillas en la plaza de Bolívar.

Para muchos, la que soporta el mandatario hoy es la tormenta perfecta. Unos poetas revolucionarios quizá los más radicales, ven la oportunidad perfecta de pedir la renuncia inmediata del presidente, y sacar al uribismo del poder; otros, un escenario ideal para hacer justicia por mano propia, y enfrentar los desmanes.

Hay choques de bandas entre estos extremos, opositores y radicales y los que se ciñen a la idea de que bastaría únicamente el retiro del presidente para que vuelvan las cosas a su estado anterior y de disipe el caos y la perturbación del orden público. Ojalá todo fuera así de sencillo.

Donde hay señales de odio hacia la institución de la fuerza pública implicaría que habrá constantemente represalias y ataques hacia la institución, intentando provocarlas con el ánimo de desacreditarla. Nunca se habían visto tan enemistados el cuerpo de la fuerza pública y los civiles protestantes.

Ya lo he dicho antes y lo volveré a decir, no todo el que es uniformado es asesino y no todo el que sale a marchar es vándalo. Sobre este punto es necesaria una investigación exhaustiva para lograr aprehender a los responsables de crímenes de lesa humanidad, sean uniformados, o sean civiles.

Debe haber justicia de parte y parte, imparcial. Así como hay gamines y delincuentes comunes que se cuelan en las movilizaciones pacíficas, también hay delincuentes que se visten como policías o miembros de la institución policiva antiéticos que omiten proteger los derechos fundamentales como el de la vida, por ejemplo.

Dejando a un lado el tormento que le ha sobrevenido a la actual máxima administración, también hay que aclarar que las condiciones de la pandemia, más las recientes movilizaciones y bloqueos por el paro, terminaron de agravar la situación de pobreza de muchas familias vulnerables.

Un drama que no cede mientras se insista en las movilizaciones hasta que el Gobierno se decida a escuchar abiertamente y sin prejuicios a los miembros y gremios que hacen parte del comité organizativo del paro y en consecuencia se pueda llegar a un parcial o total mutuo disenso.

Esto lo podemos comprobar a través de las estadísticas suministradas por el DANE. El panorama actual en el país es realmente desalentador. Entre 2019 y 2020, 3,5 millones de personas entraron al nivel de pobreza monetaria; en números exactos, pasó de 17,5 millones en 2019 a 21 millones en 2020. Manizales, con 32,4 por ciento, es la que tiene el registro más bajo entre las 23 ciudades y áreas metropolitanas, seguida de Medellín, con 32,9 por ciento, y las que peor están son Quibdó, con 66,1 por ciento, y Riohacha, con 57,1 por ciento.

Y 2,8 millones de colombianos ingresaron a la pobreza monetaria extrema, según lo revelado por el Dane, el pasado mes de abril. Este indicador pasó de 4,7 millones de personas a 7,5 millones. La capital de Santander y su área metropolitana llegaron a una pobreza que toca los 46 puntos porcentuales; es decir, de cada 100 hogares en nuestro país, 46 ya son pobres.

En las principales ciudades la situación se agrava, estas representan un porcentaje alto en el aumento de las tristes cifras. En Bogotá, por ejemplo, se cuentan 1.110.734 personas en la pobreza monetaria. En la lectura nacional, este número en términos porcentuales es el 31,3 por ciento en el país.

Cali sigue en la lista, con 375.990 personas en esta condición –10,6 por ciento del total nacional–; Medellín, con 334.315, el 9,4 por ciento; Barranquilla, con 307.578, que representa 8,7 por ciento, y la capital de Santander, con 165.035 ciudadanos que se cuentan en pobreza, lo que equivale a 4,6 por ciento del total.

Las movilizaciones violentas, saqueos a supermercados y bloqueos a las vías principales han contribuido a la quiebra de negocios comerciales independientes.

No estoy oponiéndome a la marcha pacífica ya que, en efecto, toda persona tiene derecho a marchar pública y pacíficamente, con las limitaciones que establece la ley, más no se deberían bloquear las vías principales en razón a que impide el paso de vehículos trasportadores de alimentos e insumos básicos para el hogar.

La mayoría de tiendas municipales se encuentran desabastecidas porque las carreteras principales están bloqueadas. Estos bloqueos afectan a la mayoría de los consumidores de clase media y clase baja. Si se bloquean las vías principales donde los municipios y ciudades tienen acceso a los alimentos, se vulnera claramente el derecho al prójimo. Recordemos que nuestro derecho a la libertad termina hasta donde empieza el de nuestro prójimo.

En síntesis, cesar las horribles noches que ha vivido el país, en este mes de mayo en el que el cielo parece estar sollozando a diario sobre Colombia pintando la tricolor en sus atardeceres, será el principal reto en el año y medio que le queda de mandato.

Un reto casi que imposible considerando la ola de sucesos desalentadores que han acontecido, y toda la ira acumulada por cada muerto, herido o desaparecido.

La torrencial ira sigue creciendo y mientras el Gobierno se niegue a sentarse a hablar con las juventudes, indígenas y demás miembros del comité del paro, seguirán las marchar al igual que la lucha que se entreteje con la ira acumulada al testificar tanta injusticia social.

Son tiempos difíciles de parte y parte, pero si el pueblo despierta y lucha, unido en un mismo sentir ideológico que es el de la equidad social, sin violentar derechos fundamentales de sus compatriotas,  se podrá obtener una indiscutible victoria, derrotando colateralmente al partido  Centro Democrático, quien  tendrá que batallar para no sumergirse en las aguas del bloqueo poblacional en el 2022, el año que tanto viene preocupando al expresidente Álvaro Uribe.


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