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El amor trascendente

Hace varios años, recibí al WhatsApp un video de un testimonio bellísimo en el que una mujer, con marcado acento español, relataba su experiencia personal de fe, y cómo al lado de unas amigas realizó una travesía que la llevaría, tiempo después, hasta Medjugorje, en la antigua Bosnia, donde se encontraría, de golpe, y como ella lo describe, «sintiendo morir» con el amor de Dios.

Esa entusiasta mujer cuya devoción Mariana le brotaba por los poros enamorando a su público, era nada menos que la afamada escritora María Vallejo-Nájera, y esa querida amiga de quien recibí aquel especial mensaje era Beatríz Gracia Aldana; una joven, carismática, noble y servicial abogada, quien se desempeñara como Directora de la Escuela de Postgrados de Derecho de la Universidad Sergio Arboleda, sede Santa Marta, y quien falleció víctima de Covid en la ciudad de Barranquilla, después de luchar contra ese enemigo invisible despiadado y público de la humanidad que tanto dolor nos ha causado.

Beatri, como cariñosamente la llamábamos, era la abnegada esposa de Camilo, madre orgullosa de sus tres hijos, Emiliano, Luciana y Camilito. La presencia en esta vida de esa mujer cordobesa fue fuente abundante de amor, bondad y nobleza para su familia, compañeros de trabajo e innumerables amigos quienes hemos llorado su ausencia.

Ella era una de esas madres portadoras del amor trascendente que se ha ido en este tiempo desolador que venimos padeciendo desde hace más de un año, dejando una huella de dolor y desolación en muchas familias.

Conservo aún nuestra conversación al darle mis condolencias por la partida de su mamá, en septiembre de 2020, sin saber, que solo dos meses después la mía también moriría dejándome en la más honda tristeza que haya sentido jamás.

Somos muchos los que hemos visto partir a nuestras madres de esta vida terrena, y a quienes nos ha tocado incluso, acatando con rigor extremo las medidas restrictivas de obligatorio cumplimiento por el bien de todos, celebrar los rituales mortuorios otrora multitudinarios y colmados de abrazos sentidos y solidarios, en la soledad o rodeados apenas de los familiares más cercanos.

En medio de este confinamiento colectivo, hemos aceptado con tristeza su inexorable partida, aferrándonos a la oración como vehículo sagrado de comunicación con ese Dios misericordioso, como fuente inagotable de serenidad y consuelo para nuestros corazones afligidos por la orfandad materna.


En el tiempo descrito por muchos como el más devastador de la humanidad en tiempos postmodernos, innumerables situaciones de dolor han herido las vidas de muchos, conviviendo con esa sensación indescriptible que significa, decirle hasta pronto al ser que más nos ha amado, y a quien nosotros más hemos amado en nuestra existencia. En cada huérfano de madre habita esa sensación de desolación que solo podría sanarse con el abrazo tierno y candoroso que una mamá sabe dar.

Ante ello, los hijos tenemos un remedio apenas paliativo de esa herida perenne y es justamente, aferrarnos a los más bellos recuerdos que han colmado nuestra vida de alegría. Saber y sentir, que ella, nuestra madre, pasa de vivir con nosotros a «vivir en nosotros» pues la huella amorosa de su paso por este breve tránsito terreno, quedó impregnada de forma indeleble en nuestro ser, a través de la fuerza del tiempo, de la crianza abnegada y del cuidado diligente que solo una madre prodiga incansablemente a sus hijos.


Ese abrazo cálido hoy es espiritual, esa vigilancia celosa y a veces bulliciosa hoy es silente, y aunque distante físicamente es cercana en sentimientos pues el amor, esa fuerza poderosa y trascendente que mueve, conmueve y transforma al mundo, nunca deja de ser, y es para siempre; tan infinito inconmensurable y eterno como el mismo Dios pues están hechos de la misma energía indescriptiblemente avasalladora para el bien de los seres humanos.

Probablemente los que hoy estamos unidos por el dolor de la muerte de una madre, sabemos que ellas se mantienen vigentes y presentes a través de nuestros gestos, ademanes, dichos y hasta en la entonación de las palabras, sobreviven porque nos impregnaron con su forma de ser y de hacer las cosas. Parece que su ausencia agudizara el anhelo inconsciente de imitarlas, motivados tal vez por ese afán inocente de mantenerlas vivas mediante nuestra propia vida.


Cada madre conserva un sello de autenticidad que es único. Sin embargo, el amor materno posee características que son atribuibles de forma generalizada, a ese vínculo único, estrecho y fuerte del cual solo ellas son portadoras. Probablemente cada vez que la soledad nos ahogue, que la vida nos apriete, que algo nos hiera o cuando el dolor asfixiante nos abrace, nos conformaremos con sentir ese abrazo al alma que solo ellas puedan darnos desde el plano espiritual desconocido del cuál ahora ellas son parte.

Cada momento de nuestras vidas se ha convertido tal vez, en la rutina de convivencia con la sensación de “saudade” como lo denominan los hablantes del portugués. Los días transcurren entre suspiros que salen de lo más profundo de las entrañas, como queriendo infructuosamente mediante ellos, susurrarle al corazón cuanto quisiéramos que siguieran aquí, a nuestro lado.


En este mes, marcado por ser no solamente el mes de la Virgen María, en el que se celebra la mundialmente reconocida festividad de la aparición de Fátima el 13, los Riohacheros conmemoramos también el milagro causado por intercesión de la Virgen de los Remedios para el bienestar y la protección de nuestro pueblo en el año de 1663 un 14 de mayo, y, en el que tradicionalmente se celebra el día de las madres, la nostalgia se convierte en nuestra compañera fiel con más fuerza que siempre, porque su recuerdo emerge de tanto en tanto, anhelando entre lágrimas poder decirles, cuanto las amamos, extrañamos y les agradecemos por ser quienes han sido para nosotros sus hijos.


Gracias a Dios por regalarnos a nuestras madres, por esos ángeles en el cielo en quienes ellas se han convertido para seguir velando por nosotros sus hijos, quienes ahora oramos por su descanso eterno, aferrados al recuerdo de su extraordinario ejemplo de paciencia, abnegación, nobleza, perseverancia, ternura, laboriosidad, calidez y afecto, y por ser las portadoras de la llama eterna y luminosa del amor trascendente.


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