Mirar desde lo alto

Por: Jairo Aníbal Doria

Al cumplir una promesa de campaña, el presidente Gustavo Petro anunció la recuperación y reactivación del Hospital San Juan de Dios de Bogotá, emblemático en la historia del sector salud del país.
La expectativa era clara. Se asistía a un hecho histórico: “el San Juan de Dios se transformará en el Gran Centro de Innovación y Pensamiento para el Envejecimiento y la Vejez, consolidándose como un referente nacional para la investigación, la atención en salud, la formación de talento humano y la construcción de políticas públicas para una sociedad que envejece”.

En ese escenario, Petro reivindicó la lucha de sus trabajadores, el papel de la justicia y lanzó una afirmación de alto calado político: allí, dijo, se pone fin a la Ley 100 como expresión de un modelo que, a su juicio, agotó su sentido.
El mensaje tenía fuerza. El lugar, memoria. La palabra, rumbo.
Pero en medio de esa carga simbólica, el discurso perdió su norte y se desenfocó, internándose en reflexiones personales que llegaron incluso, a tocar la figura de Jesucristo.
No fue un debate de fe ni una confrontación abierta, pero sí una digresión que alteró el centro del acto y abrió una discusión que no era necesaria para el propósito anunciado.

El asunto no es religioso. Es institucional.
Lo que en otro contexto puede ser opinión, desde la investidura presidencial adquiere un peso distinto, capaz de desviar el sentido de una decisión política que merecía ocupar todo el foco.
Al día siguiente, la Conferencia Episcopal de Colombia reaccionó con un comunicado sereno, más jurídico que pastoral.
Recordó que la laicidad del Estado no autoriza a interpretar ni a trivializar las creencias de los ciudadanos. No pidió privilegios ni silencios ajenos; pidió respeto y límites, los mismos que sostienen la convivencia democrática.

El episodio no expone una disputa entre Iglesia y Gobierno; deja ver, más bien, que hay momentos en los que resulta difícil sostener la altura del cargo en tiempos de polarización, cuando el impulso tiende a imponerse sobre la mesura.
Un presidente puede tener convicciones firmes, incluso disruptivas. Pero gobernar exige algo más que convicción: exige cuidado del lenguaje.
No todo lo que puede decirse suma, y una frase fuera de lugar, puede opacar un mensaje que sí importa.
Mirar desde lo alto no es estar por encima, sino a la altura. Es entender que se gobierna para un país plural y sensible; que cada palabra dicha desde el poder pesa y puede unir, ordenar, dividir o herir.
Gobernar también es saber qué se dice, cuando se habla en nombre de todos.



