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Opinión

Milena Flórez y su proyecto de vida para Colombia

“El diálogo auténtico sólo es posible cuando se reconoce al otro como un igual”. Hannah Arendt.

Por: Jairo Aníbal Doria

Desde muy temprano en la mañana, la puerta de la casa de Milena Flórez se abre. Se abre para todos.

Por esa puerta cruzan diversas realidades: personas de todos los estratos, algunas con sus dificultades, buscando una guía o, simplemente, con la necesidad vital de ser escuchadas.

También llegan líderes sociales, comunidades organizadas y personas de distintas regiones del país con proyectos e iniciativas, buscando un diálogo que les ayude a ordenar sus ideas y a encontrar caminos para que esas propuestas tomen forma.

Con frecuencia también se acercan dirigentes políticos de distintas corrientes e ideologías, interesados en conversar sobre el rumbo de la región, así como periodistas que buscan conocer su mirada sobre los temas que ocupan la agenda pública.

La escena suele repetirse: Milena saluda con amabilidad, dispone el momento para conversar, ofrece algo de beber —a menudo servido por ella misma— y deja que la conversación encuentre su propio ritmo.

Habla con sencillez, pero también con una firmeza que transmite seguridad y deja ver que escucha de verdad, procurando comprender antes de responder.

Cuando es ella quien llega a una comunidad, la empatía aparece de inmediato.

Puede ser un barrio de Montería, un municipio de Córdoba, una vereda del Caquetá, una plaza de mercado en algún pueblo de Antioquia, un territorio del Chocó o una reunión en Bogotá.

Llega con la misma disposición abierta: observa, escucha, pregunta lo necesario y, cuando toma la palabra, lo hace con interés genuino y con la claridad de quien conoce los problemas y sabe leer la realidad de los territorios.

Esa comprensión le permite transformar inquietudes concretas en rutas posibles, apoyada en la experiencia social, profesional y política que ha construido con los años.

La disciplina de la juventud, su formación médica y en políticas públicas, el trabajo social sostenido durante años, la maternidad y una fe serena, profundamente espiritual, han ido moldeando su carácter y su manera de mirar el país, con la convicción de que la política no comienza en los discursos, sino en la vida cotidiana de las personas.

Durante más de dos décadas ha estado vinculada a procesos sociales y políticos en Córdoba y en otras regiones del país. En muchos momentos lo hizo lejos del primer plano, coordinando equipos, organizando campañas, articulando voluntades y acompañando iniciativas comunitarias.

Quienes han participado en esos procesos saben que su capacidad para conectar con la gente y construir consensos ha sido una de las razones por las que distintos sectores la han buscado una y otra vez.

Esa experiencia explica por qué hoy su nombre aparece en el debate público como candidata al Senado.

Su propuesta no gira alrededor de una ambición personal. Se articula alrededor de una idea que ha decidido convertir en agenda legislativa: Proyecto de Vida.

La expresión puede parecer sencilla, pero en su planteamiento tiene un sentido más profundo.

Pensar el país desde aquello que se cuida, se protege y se proyecta hacia el futuro. Entender que las leyes no son un fin en sí mismas, sino herramientas para que las personas puedan vivir con dignidad.

Esa visión se desarrolla a partir de tres ejes que sintetizan buena parte de su trayectoria: Mujeres Libres, Cohesión Social y Salud Oportuna y Humanizada.

En el primero, plantea la necesidad de que las mujeres puedan desarrollar su vida con autonomía, protección y oportunidades reales.

En el segundo, propone fortalecer los vínculos sociales que sostienen a las comunidades y que muchas veces se ven debilitados por la desigualdad y el abandono institucional.

En el tercero, su formación médica adquiere un peso evidente: un sistema de salud que responda con oportunidad y trato humano, donde el paciente vuelva a ser el centro de la atención.

Quienes la han visto ejercer su profesión saben que esa preocupación no es retórica.

Durante años ha recorrido clínicas, hospitales, barrios y zonas rurales, donde la espera por una atención médica, puede convertirse en una angustia prolongada.

Ahí nace buena parte de un planteamiento que repite con convicción: la política también debe aprender a escuchar antes de formular diagnósticos.

Ese mismo espíritu se hizo visible recientemente en Córdoba, cuando las inundaciones volvieron a golpear a numerosas comunidades del departamento.

Mientras la emergencia ocupaba titulares, Milena Flórez recorrió territorios afectados y participó en jornadas de apoyo social que, para ella, no son una novedad sino la continuación de un trabajo que ha realizado durante años.

Pero su propuesta frente a la crisis va más allá de la ayuda inmediata.

Ha planteado públicamente la necesidad de que los dirigentes del departamento —sin importar partidos o ideologías— construyan una agenda común para la reconstrucción social de Córdoba. En sus palabras, se trata de que la bancada cordobesa en el Congreso, actúe como un solo cuerpo cuando se trate de defender los intereses del territorio.

La idea es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: que la política sea capaz de trabajar unida cuando se trata del bienestar de la gente.

En un país donde, el pan nuestro de cada día, es que la polarización domina la conversación pública, esa invitación adquiere un significado particular.

No se trata de negar las diferencias, sino de reconocer que hay causas que deben convocarnos a todos.

Por eso, cuando se observa el recorrido de Milena Flórez, lo que aparece no es únicamente la historia de una candidata, sino la de una mujer que ha decidido llevar al escenario nacional una forma de entender el servicio público.

Una forma en la que escuchar sigue siendo el primer paso.

Tal vez por eso, al caer la noche, cuando la puerta finalmente se cierra y el silencio regresa, tras una jornada de conversaciones, queda la esperanza de que la política —esa palabra hoy tan desgastada,— aún puede significar algo distinto: la posibilidad de construir, entre todos, un proyecto de vida compartido para el país.

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