Alguien tiene que ceder


Por: Jairo Aníbal Doria
La conversación telefónica entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente Gustavo Petro, representa bajar el tono de una relación que venía tensa, a punta de declaraciones públicas y mensajes cruzados.
Según los reportes divulgados tras la llamada, ambos mandatarios la presentaron como cordial y dejaron abierta la posibilidad de una reunión en la Casa Blanca, aún sin fecha confirmada.
El movimiento no debe leerse como un “borrón y cuenta nueva”.
En la práctica, es un cambio de método: de la presión pública y el pulso político, a la negociación directa con agenda y condiciones.

del New York Times, previa a la llamada
Para Washington, el canal abierto sirve para volver a lo que más le importa cuando mira a Colombia: resultados verificables en seguridad, control de economías ilegales y cooperación operativa.
Para Bogotá, el contacto reduce el riesgo de una escalada que podría terminar en medidas de castigo, deterioro de cooperación o un golpe a la confianza económica.
Detrás del tono amable, la relación sigue siendo profundamente asimétrica.
Estados Unidos tiene herramientas que pesan —cooperación, visas, sanciones, certificaciones y narrativa antidrogas— y Trump suele convertir esa ventaja en palanca: primero endurece el discurso, luego ofrece una salida que llega atada a “entregables”.
La invitación a una reunión funciona como incentivo político y una señal de que la Casa Blanca, prefiere un acuerdo útil a una confrontación sin control.

Del lado colombiano, Petro enfrenta un dilema que no se resuelve con retórica.
Mantener una postura de independencia y crítica a la política exterior de EE. UU. puede rendir políticamente al interior del petrismo, pero una crisis prolongada con Washington tiene costos inmediatos: cooperación más difícil, ambiente de inversión más sensible y menos margen para negociar asuntos regionales.
Independiente de que, luego de incluir a Petro y su círculo cercano en la Lista Clinton y a lo ocurrido con Maduro en Venezuela, se generó toda una ola de especulaciones.
Para Petro, el mensaje es pragmático: hablar directo con la Casa Blanca, enfriar el ambiente y llevar la relación a lo realmente importante—seguridad, drogas, migración y comercio— sin echar más leña al fuego, con choques en público.
Lo que sigue, si la conversación pasa a una reunión formal, no será una cumbre de gestos sino una discusión de metas.
El termómetro estará en lo que se anuncie después: grupos de trabajo, plazos cortos y compromisos medibles.

Si el Gobierno colombiano llega sin un paquete claro de acciones y resultados, el costo político puede devolverse en forma de nueva presión desde Washington.
Y si Estados Unidos pretende imponer una agenda sin reconocer las complejidades territoriales del narcotráfico y la seguridad rural, la relación volverá a moverse por impulsos, no por política pública.
En síntesis, la llamada no acaba con las diferencias: las administra.
La pregunta ya no es si hay buen tono, sino qué acuerdos concretos están dispuestos a firmar —y a cumplir— dos gobiernos que hablan distinto, pero que se necesitan para evitar que la relación bilateral se convierta en una crisis permanente.
Porque, como en aquella película de Jack Nicholson y Diane Keaton, alguien tiene que ceder… y en esta historia, ojalá, cedan ambos.




