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Con Maduro capturado: ¿qué sigue?

Por: Jairo Aníbal Doria

Con Nicolás Maduro ya presentado por Washington como “capturado” y trasladado fuera de Venezuela, según lo afirma y confirma el Presidente Donald Trump, la noticia dejó de ser el estruendo de la madrugada y pasó a ser una pregunta fría y urgente: quién manda ahora y bajo qué reglas se intentará ordenar el día después.

Trump, sostiene que la operación fue decisiva y fijó el siguiente hito informativo para este mismo sábado: una rueda de prensa a las 11:00 a. m. (hora Colombia) en la que promete explicar detalles, alcances y sustento del operativo.

Según lo reportado por varios medios estadounidenses, en conversación con The New York Times en la mañana, Trump reiteró su versión y anticipó que ampliará lo ocurrido y lo que sigue.

En Caracas, la respuesta oficial no despeja la incertidumbre: el chavismo denunció una “agresión” y exigió prueba de vida, mientras busca proyectar control interno.

Esa tensión —entre un anuncio de custodia desde Estados Unidos y una cúpula gubernamental que dice desconocer el paradero del mandatario— crea un escenario inusual incluso para una región acostumbrada a las crisis: no se discute solo el futuro político de Venezuela, sino la existencia de una cadena verificable de mando en tiempo real y la capacidad de evitar que el vacío sea ocupado por actores armados, fracturas internas o decisiones improvisadas.

¿Vicepresidenta Ejecutiva Delcy Rodríguez asumiría la presidencia de Venezuela temporalmente?

Si la versión estadounidense se confirma con documentos y procedimientos formales, el camino inmediato sería judicial.

En el sistema federal de Estados Unidos lo normal es que un capturado de alto perfil sea presentado ante un juez, se definan medidas de detención y se active una ruta procesal con control estricto del acceso público.

En términos prácticos, eso significa que el caso podría avanzar con alta densidad política y muy poca imagen: audiencias sin transmisión desde sala y una narrativa basada en escritos judiciales, comunicados y registros oficiales, no en espectáculo.

Las reacciones internacionales muestran una fractura nítida.

En América Latina, el presidente argentino Javier Milei celebró el hecho como un giro político, mientras el presidente colombiano Gustavo Petro rechazó la intervención y se concentró en el riesgo inmediato para Colombia: seguridad y presión humanitaria en frontera.

En Europa, España pidió contención y una salida ajustada al derecho internacional.

Desde aliados de Caracas —con Rusia y Cuba a la cabeza— la línea fue de condena y denuncia de violación de soberanía.

En Estados Unidos, funcionarios y voceros políticos han intentado enmarcar el episodio como “cambio de era”, mientras crece el debate sobre límites legales y precedentes.

En el exilio venezolano, la reacción se mueve entre el alivio y la prudencia.

Por su parte, en Colombia, voces como la del candidato presidencial Roy Barreras han planteado que, más allá del golpe político o militar, el foco debe estar en una salida pacífica y diplomática que evite un escalamiento regional; de lo contrario, advierte, el costo inmediato lo pagaría Colombia con una nueva oleada de diáspora venezolana y presión adicional sobre la frontera y las capacidades de atención humanitaria.

No se trata únicamente de celebrar una caída; aparece un temor más íntimo y menos ideológico: que el país entre en un periodo donde nadie garantice seguridad, servicios y reglas mínimas.

Esa es la razón por la que el mensaje de Trump a las 11:00 a. m. es el eje real del día: no por el tono, sino por lo que pueda aportar en pruebas, verificación y ruta, y por lo que responda —o evite— sobre el punto más sensible: ¿cómo se va a gobernar Venezuela? Con Maduro capturado: ¿qué sigue?

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