Sistema Radial Acusatorio

Por: Elvis Guerra H.

Nuestra formación, tanto en el hogar como en lo profesional, es indispensable para vivir en sociedad.
El trato con nuestros semejantes es una de las cosas más vitales para la interacción y, sobre todo, para el desarrollo de las sociedades.
Los países y el mundo, de acuerdo con los conocedores y según la concepción tradicional reflejada por la prensa y la teoría política, contemplan cuatro poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial; y hoy por hoy uno de los más conocidos —y, dicho sea de paso, peligrosos—, pasando incluso por encima del judicial: la prensa, los medios de comunicación y las redes sociales.
Este último, en teoría, debería actuar como contrapeso y vigilante de los otros tres, generando conciencia ciudadana y participación dentro de los modelos económicos de cada región y del país.

El periodismo es una de las profesiones de más respeto, en el entendido de que lleva consigo una responsabilidad social determinante en la participación de los procesos democráticos y en la generación de pensamiento crítico en la sociedad en general.
Gracias a ella, hoy es posible recibir en tiempo real hechos que antes eran impensables para cualquier ciudadano: la elección popular, la designación de altos funcionarios, el seguimiento a investigaciones, la resolución de conflictos y todo tipo de actuaciones del Estado que vienen a cambiar el giro normal de un día y, en ocasiones, de la vida misma.
En Colombia, el sistema judicial funciona bajo el modelo llamado Sistema Penal Acusatorio, un esquema de justicia oral y adversarial que busca esclarecer los hechos, proteger al inocente, sancionar al culpable y reparar el daño.
Se basa en la separación de funciones entre investigar (Fiscalía) y juzgar (juez), garantizando en todo momento los derechos de la víctima y del imputado mediante principios como publicidad, contradicción, concentración, continuidad e inmediación.
Ha cambiado tanto nuestro país por cuenta de las nuevas formas y modelos de ejercer el periodismo que, en algunos casos, se está suplantando este modelo.

Resulta absolutamente reprochable, desde todo punto de vista moral, ético y, sobre todo, profesional, que algunos periodistas se parapeten detrás de un micrófono para esconder sus sesgos y posiciones políticas.
No puede ser posible que cadenas radiales acompañen acusaciones de delitos, en ocasiones sin pruebas.
Entendiendo que hacer prensa libre en Colombia es difícil, todos sabemos que las grandes cadenas pertenecen a gremios con el poder suficiente para poner presidentes y que las redes están plagadas de influencers con intereses propios y, por supuesto, económicos.
Sin embargo, en su ejercicio arrebatan funciones que son exclusivas de la Fiscalía General de la Nación.
Cabe aclarar que la Fiscalía ofrece muchísimas más garantías, en el entendido de que en el sistema penal, bajo el principio de contradicción, las partes pueden debatir, refutar pruebas y argumentar directamente frente al juez.
En el sistema radial no existe posibilidad alguna de ello; incluso, en muchos casos, también se erigen como jueces.
En cuanto a la publicidad, las audiencias son públicas y permiten el escrutinio social; esta característica es similar a la radial, con la diferencia de que la parte acusatoria (radio, medio de comunicación o redes) ya trae posiciones definidas, exponiendo al acusado al linchamiento moral en redes, a veces incurriendo en injuria y calumnia.
Ya hemos visto casos de retractación que nunca revierten el daño causado.

Respecto a la inmediación, el juez debe estar presente en la práctica de pruebas y audiencias, lo cual no aplica para el sistema radial, dado que siempre argumentan no ser órgano judicial en entrevistas donde acusan.
A veces dicen tener pruebas y no las aportan, porque el fin no es que se investigue, sino dañar.
La conducta de quienes ejercen como fiscales mediáticos empeora cuando califican gestiones y funciones que desconocen en su totalidad, dada su formación profesional, usurpando las funciones de los entes de control.
Eso sí que es irrespetuoso: degradar a un profesional solo por opiniones personales, alejadas de todo principio de objetividad, termina por enseñarle a los oyentes que existe una posición dominante: el micrófono.
Y es que este nuevo sistema es más peligroso que el penal. En el radial basta con cerrarte el micrófono o simplemente no dejarte hablar, dejando en los oyentes o televidentes una única versión: la del periodista, revestido de audiencia en horario prime time.
Con el agravante de que cualquier intento de regulación sería tomado como censura por parte de quienes gozan de esos poderes.
Es preciso echar un vistazo a cómo, por cuenta de esta práctica, se han violado todo tipo de principios de urbanidad, en el entendido de que el trato es hostil y repulsivo, cuya única meta es que el oyente termine odiando, despojando al entrevistado de cualquier asomo de profesionalidad y de orden moral.
Este tipo de práctica no solo es repugnante, sino que, en un país polarizado donde una sola palabra o imagen puede terminar incendiando al país, resulta peligrosamente delicada.

Por supuesto que desde la práctica periodística se puede cuestionar sin acusar; se puede confrontar con respeto por la dignidad del semejante; se puede controvertir sin gritar; se puede exponer sin inducir al linchamiento social.
Se necesitan entrevistas que dejen en el oyente un pensamiento crítico que permita generar actitudes para la construcción de una mejor sociedad, incluso desde las diferencias.
Se necesita que la radio, los medios y las redes informen, eduquen, entretengan y formen opinión pública; que vigilen y correlacionen la información para analizarla; que transmitan la herencia cultural para moldear conductas, valores y una visión del mundo en la sociedad moderna, siempre enmarcadas en el respeto por la dignidad del ser humano en cualquiera de sus profesiones y oficios, y no como un sistema dotado de herramientas para acusar.




