El reto: Chocó

Por Jairo Aníbal Doria
Colombia no descubrió al Chocó con el terremoto. Lo conocía.
Sabía de sus carreteras precarias, de sus hospitales insuficientes, de sus municipios aislados y de una pobreza que, de tanto repetirse en informes, noticias y diagnósticos, terminó pareciendo parte del paisaje.
El sismo del 10 de agosto no reveló esa realidad: nos la echó en cara y nos obligó a mirarla de frente.

La tragedia llegó apenas tres días después de la posesión de Abelardo De La Espriella y en el primer día hábil de su Gobierno.
Una coincidencia brutal que convirtió al Chocó, desde el comienzo mismo del mandato, en el primer escenario donde el nuevo presidente tendrá que demostrar su capacidad para gobernar y ejecutar.
No pudo haber un desafío más temprano. Tampoco una oportunidad más clara.
De La Espriella tiene ante sí un Chocó herido, un capital político intacto y un margen excepcional para actuar.
La emergencia permite acortar procedimientos y tomar decisiones que, bajo la ritualidad ordinaria de la administración pública, podrían tardar meses.
No se trata de actuar sin reglas.
Se trata de que las reglas no terminen convirtiéndose en excusa para no actuar.
Ahí está quizás la oportunidad excepcional: que la deuda histórica deje de medirse en promesas y comience a saldarse con hechos.

En Quibdó, De La Espriella llevó ese compromiso aún más lejos al plantear un “Plan Marshall para el Chocó”. La expresión es enorme y, por eso mismo, obliga.
Porque un Plan Marshall no puede reducirse a mercados, colchonetas ni camiones de ayuda.
Todo eso es urgente y necesario. Reconstruir lo destruido será apenas el primer paso.
La reconstrucción también tendrá que hacerse con memoria. El primer balance del Ministerio de las Culturas identificó en Quibdó dos bienes de interés cultural del ámbito nacional afectados por el terremoto: el Colegio Carrasquilla, con daño medio, y el antiguo Hospital San Francisco de Asís —Colegio Santacoloma—, con afectación alta.
Ambos hacen parte del conjunto de arquitectura republicana de la ciudad protegido mediante un Plan Especial de Manejo y Protección.
No son solamente edificios antiguos: son lugares atravesados por generaciones, historias y recuerdos. Levantar al Chocó también significa cuidar aquello que cuenta quiénes han sido sus comunidades y cómo han construido su identidad.
Ese desafío exige conciliar dos urgencias que no deberían enfrentarse: seguridad y memoria.
MinCultura anunció una metodología especial y una red de profesionales para intervenir los bienes afectados y agilizar su recuperación.
La emergencia obliga a actuar rápido, pero no autoriza a reconstruir sin criterio.



Reforzar, restaurar y modernizar puede hacerse sin borrar. Porque desarrollar al Chocó no debería significar sustituir su historia por concreto nuevo, sino conseguir que lo que merece permanecer pueda hacerlo de manera más segura, útil y viva.
Si dentro de algunos años las casas vuelven a estar en pie, pero sus habitantes continúan sin agua, sin vías, sin buena atención médica, sin conectividad y sin oportunidades, se habrán reconstruido paredes, no un territorio.
Eso significaría devolverlo también a sus antiguas carencias.
Antes de que la tierra temblara, el 65,3 % de la población del departamento vivía en pobreza monetaria y el 56,8 % de los hogares enfrentaba inseguridad alimentaria moderada o grave.
El terremoto no produjo esas cifras. Las encontró.
Y de inmediato pasaría a la consecuencia:
Por eso reconstruir no puede significar volver al punto de partida. La emergencia abre la posibilidad de intervenir, al mismo tiempo, lo que destruyó el sismo y aquello que llevaba décadas sin resolverse.
En medio de esta emergencia ha cobrado protagonismo la primera dama Ana Lucía Pineda, a quien el presidente llamó “la madrina del Chocó”.
Su capacidad para movilizar ayudas, empresarios, organizaciones y ciudadanos es valiosa y determinante.

Pero conviene distinguir solidaridad de transformación.
Los mercados pueden llegar en camiones. El desarrollo no.
La solidaridad acompaña, alivia, abraza.
El Estado tiene que quedarse.
Carreteras, hospitales, acueductos, escuelas, empleo y oportunidades requieren algo más que generosidad: necesitan recursos, proyectos, gerencia y ejecución.
El reto: Chocó cobra aquí todo su sentido. La conmoción de estos días tendrá que convertirse en decisiones capaces de permanecer cuando la emergencia haya salido de los titulares.
Tampoco será necesario comenzar desde cero. Colombia lleva años diagnosticando al Pacífico. Hay planes, proyectos y compromisos acumulados.
Lo urgente no es volver a explicar lo que le duele al Chocó, sino identificar qué está listo, qué tiene financiación, qué permanece detenido y qué puede empezar a ejecutarse ahora.



Durante décadas hemos contado a la región desde la carencia: pobreza, violencia, abandono, inundaciones, desplazamiento. Todo eso existe.
Pero Chocó también es selva y río, Pacífico y Caribe, cultura afro e indígena, música, gastronomía, biodiversidad, San Pacho, chirimía y talento. Mucho talento.
Tal vez por eso la pregunta no debería ser únicamente qué puede llevar Colombia al Chocó.
La pregunta es qué debe hacer Colombia para que el Chocó pueda convertir todo lo que posee en bienestar para su propia gente.
Ahí está la diferencia entre asistencia y desarrollo.
El terremoto deja además una enseñanza: La tierra puede temblar para todos. La vulnerabilidad no es igual para todos.

Un territorio con hospitales, agua, carreteras, comunicaciones y viviendas seguras soporta una tragedia de manera distinta a otro que llega al desastre cargando décadas de rezago.
Por eso la gestión del riesgo no comienza cuando aparecen los rescatistas. Cerrar brechas también es prevenir desastres.
Dentro de cuatro años, la medida de esta promesa no estará en cuántos discursos se pronunciaron ni en cuántos planes fueron anunciados, sino en algo mucho más sencillo de comprobar: si los chocoanos viven mejor.
Solo entonces podrá decirse que aquella “deuda histórica” comenzó realmente a saldarse.




