Tras el umbral

In memoriam: Olga Lucía Doria Castrillón
Por Jairo Aníbal Doria
“Muchas veces el afecto no se dice, se demuestra.”

Durante las exequias de mi hermana Olga estuve varias veces tentado a hablar.
Pensé que debía ponerle voz a todo aquello que, desde la noticia de su muerte, se había ido acumulando silenciosamente dentro de mí.
Mi papá incluso me pidió que dijera unas palabras poco antes de la cremación.
No pude.
Las circunstancias terminaron por cerrar ese espacio, pero no sería justo atribuírselo solamente a ellas.
Había un temor más íntimo: comenzar a hablar y no tener la fortaleza suficiente para terminar; que las palabras, en lugar de ayudarme a contener el dolor, terminaran por desbordarlo.
Quizá por la misma razón tampoco quise ver su ataúd. No quería que la muerte reemplazara en mi memoria la imagen de Olga viva.
La última vez que la vi, llevaba consigo una pequeña muestra relacionada con una idea de negocio en la que vengo trabajando.
Conocía el proyecto y pensó que aquello podía servirme.
Pero no se limitó a entregármela: buscó al fabricante y después me envió la información para localizarlo en la China.
Esa era Olga. Mientras uno apenas contemplaba una posibilidad, ella ya estaba pensando quién podía producirla, dónde conseguirla, con quién había que hablar y de qué manera la idea podía convertirse en algo realizable.
Tenía una disposición especial para conectar puntos, personas y oportunidades. Le interesaban los proyectos, la gestión, las instituciones, las políticas públicas.
Pensaba en grande, pero también sabía ocuparse de esos pequeños movimientos que muchas veces hacen posible las cosas.
Con los días he entendido que esa era también una de sus maneras de querer.
El cariño y afecto encuentra distintas formas de hacerse presente.
Hay quienes lo expresan con palabras, llamadas o abrazos. Otros lo hacen estando pendientes, resolviendo algo, abriendo una puerta o apareciendo cuando hace falta.
Cuando viajaba a Montería solía llevar detalles para todos.
Cuando yo venía a Bogotá, muchas veces iba con mi papá a buscarme al aeropuerto.
Me acompañó en momentos importantes de mi vida, como en mi grado de maestría.

Compartimos momentos, almuerzos, conversaciones y una temporada en la que me abrió las puertas de su apartamento.
De aquellos días conservo una sencilla anécdota.
Yo acostumbraba a llegar tarde y debía tocar para que me abrieran.
Una noche llegué a la medianoche.
Cuando Olga salió pensé que venía el inevitable reclamo. No fue así. Traía una llave.
—Toma, para que entres a la hora que llegues y no tengas que despertarme.
Eso fue todo. Una llave.
Al día siguiente: “se me caía la cara de la pena”.
Con el tiempo uno descubre que buena parte de la vida termina alojándose precisamente en gestos así. En los detalles.
Mientras ocurren parecen menores; cuando llega la ausencia, adquieren otra dimensión.
Una llave deja de ser simplemente: una llave. Un viaje al aeropuerto deja de ser un favor. Un detalle traído de otra ciudad deja de ser un objeto cualquiera.
La muerte modifica la escala de los recuerdos.
Tampoco quiero idealizar a Olga porque haya muerto.
Tenía carácter, temperamento y convicciones. Podía ser vehemente.
Como cualquiera de nosotros, tuvo aciertos, contradicciones y equivocaciones.
Prefiero recordarla como fue y, sobre todo, a partir de esos gestos y detalles que hoy adquieren un significado distinto.

Este 2026 ha traído demasiadas despedidas a nuestra familia. Y cuando la muerte comienza a pasar tan cerca, inevitablemente deja preguntas.
¿Qué hacemos con el tiempo que tenemos?
¿Cuántas conversaciones aplazamos porque suponemos que habrá otra oportunidad?
¿Cuántos afectos damos por seguros?
¿Cuántos encuentros, agradecimientos o reconciliaciones dejamos para después?
Vivimos haciendo planes como si el mañana estuviera garantizado.
No se trata de convertir esa certeza en miedo, sino de vivir con mayor conciencia: entender nuestra fragilidad, cuidarnos más y aprender a no aplazar indefinidamente aquello que de verdad importa.
La muerte de Olga llegó cuando todavía había proyectos, ideas y planes por delante. Y eso hace aún más difícil comprender cómo un hecho inesperado puede cambiar, en tan poco tiempo, una vida y la de quienes forman parte de ella.
Para mi papá, sé que esta pérdida deja un vacío inmenso.
Se va su hija, pero también su mano derecha, su compañera de trabajo, de proyectos, de sanas discusiones, de ilusiones y de tantas complicidades.
Para Laura Sofía se va su mamá, su guía y una voz fundamental en su vida.
A ella, le queda ahora el reto de seguir adelante y honrarla con la vida que construya, con sus estudios, sus decisiones, sus sueños y todo lo que aún tiene por alcanzar.
Y que recuerde siempre que no está sola: tiene a su abuelo, a su familia y muchos brazos dispuestos a acompañarla en el camino.
Durante la despedida a Olga, ocurrieron, además, algunas coincidencias que quedaron inevitablemente unidas al recuerdo de ese día.
En la funeraria, la luz se fue varias veces.
Cuando llegamos al cementerio comenzó a llover. Llovió durante la ceremonia y, cuando terminó, dejó de llover.
Hubo quienes hablaron de señales, de energías, de esas circunstancias a las que el dolor puede conferir significados distintos.
No sé si fueron señales. Tampoco necesito saberlo.
Hay momentos en los que la razón, la fe, la intuición y el misterio parecen acercarse. La muerte es uno de ellos.
Ese día, Julián Arturo Zapata Feliciano, imán y pensador musulmán, amigo de Olga y de nuestra familia, se acercó a acompañarnos.
Habló de la muerte como el paso de un umbral, de ese tránsito hacia una forma distinta de existencia. La imagen quedó conmigo: un límite que separa y, al mismo tiempo, comunica.
Es límite y tránsito. Marca un antes y un después, aunque quienes permanecemos de este lado no podamos saber con certeza qué hay más allá.
Nos habló de la posibilidad de otra dimensión de la existencia; de que quienes parten encuentran una serenidad distinta y permanecen, de alguna manera que escapa a nuestra comprensión, vinculados a quienes seguimos aquí.
No sé qué ocurre después de la muerte.
Tengo mis creencias, mis dudas y mis esperanzas. Pero quiero pensar que la muerte no necesariamente destruye los vínculos: los transforma.
Olga ya no irá a buscarme al aeropuerto. No aparecerá con una idea inesperada ni me enviará un contacto o una posibilidad que encontró pensando en alguno de mis proyectos. Pero todo eso ocurrió.
Y nadie puede deshacer lo vivido.
La muerte interrumpe el futuro, pero no puede borrar el pasado.

Finalmente no pronuncié las palabras que había pensado decir durante su despedida.
Quizá tenían que encontrar otra forma.
Tal vez por eso hoy las escribo.
No para revelar intimidades ni para reconstruir una relación perfecta que nunca pretendimos tener.
Las relaciones entre hermanos también tienen distancias, silencios, momentos de cercanía y caminos propios.
Nosotros tuvimos nuestra manera de ser hermanos. Y dentro de ella hubo cariño, admiración mutua y afecto.
Reflexiono y creo que algunas personas pasan por nuestra vida diciéndonos que nos quieren sin necesidad de pronunciarlo.
Lo dicen con una llamada, con un mensaje, con una gestión, con una recogida en el aeropuerto, con una puerta siempre abierta, con una llave entregada a la medianoche, con algo que encontraron lejos y que inmediatamente les hizo pensar en nosotros.
Olga tuvo conmigo siempre, esa manera de estar presente.
Gracias, Olga.
Para mi mamá, para Sofía del Pilar y para mí, siempre serás parte de nuestra historia.
Descansa en paz.



