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Opinión

“Allí donde crece el peligro, crece también la esperanza” Hölderlin

Por: Mauricio Burgos Altamiranda

Vivimos tiempos difíciles en esta mitad de la tercera década del siglo XXI. Exaltamos y difundimos, sin detenernos un instante, todos los antivalores: injusticia, opresión, soberbia, engaño, maltrato, confrontación, adulación al truhán, venalidad, trivialidad y avaricia; mientras desdeñamos aquellos sistemas axiológicos que han contribuido a edificar la humanidad: empatía, razón, justicia, solidaridad, respeto, honestidad, fraternidad y altruismo

Es la época del mundo al revés, del dominio de la inteligencia artificial (IA), de la ley del más fuerte, del sinsentido, de la civilización del espectáculo, como diría Mario Vargas Llosa. Y el asunto no es menor, porque incluso hoy las instituciones sobre las cuales se ha edificado la humanidad, y sobre las cuales hemos sostenido la idea de progreso, por ejemplo, el Estado de derecho, se encuentran en riesgo ante la frágil y efímera alabanza de todo aquello que nos conduce a la escabechina, al cadalso.

“En el mundo están ocurriendo cosas increíbles”, dijo José Arcadio Buendía en Cien años de soledad. Esta frase, casi sibilina, escrita por García Márquez en 1967, sintetiza el caos en el que vivimos.

Por supuesto, no es el único ejemplo literario. Ya el poeta Hölderlin expresaba su preocupación en ese verso memorable: “Allí donde crece el peligro…”. Y Germán Espinosa, en su célebre novela La tejedora de coronas (1982), había señalado que “el mundo está regido por el mal”.

Sin embargo, así como el arte literario ha develado la complejidad humana, junto con todas sus disparidades, también ha logrado transformar esas efusiones en Cantos de vida y esperanza, como diría el poeta nicaragüense Rubén Darío.

En el capítulo XX de La Odisea, de Homero, por ejemplo, Ulises se dice a sí mismo, ante el caos que encuentra en su palacio luego de volver tras el castigo impuesto por los dioses durante casi veinte años: “¡Aguanta, corazón!, que ya en otra ocasión tuviste que soportar algo más desvergonzado”.

Y Cervantes, gran maestro de las letras hispanas, nos dijo a través del Quijote:

Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama”

Es decir, en medio de las turbulencias y de las tribulaciones que la humanidad ha construido para sí misma, o que otros intentan erigir para la inmensa mayoría de seres humanos de esta casa común, como ocurre con ciertos usos de la inteligencia artificial, hay un eco de esperanza que se resiste a sucumbir ante la ignorancia, la barbarie, la incivilidad, la ignominia y el dominio absoluto de las tecnologías.

El mismo Dante Alighieri, desterrado de su amada Florencia de manera injusta y acusado apócrifamente por sus verdugos, nos regaló esa bella metáfora del camino de sufrimiento que debemos transitar para alcanzar la catarsis: Infierno, Purgatorio y Paraíso, hasta el Empíreo.

Hoy, cuando se avizora la antesala del apocalipsis en gran parte de las esferas sociales; cuando existe un dominio amplio de la IA en todos los espacios y decisiones, sobre todo en el ámbito académico; cuando no tenemos el mínimo de empatía con los más débiles; cuando se exalta al deshonesto, al díscolo, al sedicioso que, en las sombras, mueve los hilos del destino de los otros a partir de la falacia y de la técnica, el Santo Padre León XIV nos regala su primera encíclica, Magnifica Humanitas (2026), para advertirnos, como voz premonitoria, sobre el peligro que nos acecha cuando se subvierten o se suprimen los principales logros del Renacimiento: el humanismo, la razón, el arte, la belleza y el amor por la naturaleza.

Por eso, el Santo Padre, independientemente de la fe que cada uno profese, recuerda:

Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, (…) esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”.

En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo.

La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es «un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre».

A lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien.

Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma».

Las nuevas tecnologías abren un horizonte que se extiende en direcciones que, aunque intuibles, aún no podemos prever por completo. Esto hace que sea más complejo evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común.

Ahora nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo.

Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta: «No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero».

En el pasado, eran principalmente los Estados los que impulsaban y orientaban la innovación.

Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.

Por esta razón, es preciso iniciar un discernimiento compartido, capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo. Si nos limitamos a las circunstancias contingentes, corremos el riesgo de dejar que la sucesión de emergencias decida por nosotros la dirección del camino.

Estamos viviendo una rápida fase de transición, un “cambio de época” en el que, mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre ellas, la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien. Precisamente por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?

(…) Edificar un mundo en el que todos puedan “florecer” exige una corresponsabilidad valiente. Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo; y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución: «Mi poder triunfa en la debilidad» (2 Co 12,9).

A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. Esta es la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y La Paz.

Las tensiones y las diferencias no deben intimidar; pueden convertirse en energías creativas cuando están orientadas por una responsabilidad compartida.

Por este motivo, podemos contribuir con determinación a todas aquellas iniciativas que construyen un mundo más justo, y podemos invitar a otros a colaborar con nosotros en la promoción del desarrollo integral de cada ser humano.

Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad. Queremos identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos (…).

Por último, edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico.

Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento, la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la casa común y la paz, y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz.

En los tiempos turbulentos que vivimos, y ante las decisiones próximas a tomar, cobran sentido las palabras del Santo Padre: “El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa”.

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