Las Inquietudes Juveniles de Abelardo

“El niño es el padre del hombre”.
William Wordsworth
Por: Jairo Aníbal Doria

En los primeros años empieza a formarse una manera de mirar, de hablar, de temer, de desear y de ocupar un lugar entre los otros. Lo que vivimos temprano no lo explica todo, pero deja huellas.
“Amigos, ¿qué tal? Bienvenidos a una emisión más de Inquietudes Juveniles, emisión especial de Telecaribe para el departamento de Córdoba.
Para una mejor recepción de la señal, los invitamos a orientar las antenas de sus hogares hacia Sierra Chiquita, en la Décima Primera Brigada”.
Esa presentación inicial, repetida cada semana antes de entrar en materia, parece venir de otro siglo. Y, dada la velocidad con que han evolucionado los medios, las redes y las formas de comunicarnos, en efecto, venía de otro siglo.
Había que orientar antenas. Subir a techos. Esperar que la imagen dejara de temblar y que “la lluvia” de la pantalla cediera, hasta que la señal llegaba.

No había pantallas en la mano, lives, streaming ni algoritmos midiendo alcance o interacción. Pero nuestro alcance era orgánico, real y palpable: entraba a los hogares, recorría calles, barrios y colegios, y se multiplicaba entre miles de jóvenes en todo el departamento.
Y, de algún modo, por edad y por época, esa era también nuestra tarea: afinar la sintonía con nuestro tiempo, buscar formas de expresarnos, encontrar espacios donde participar y aprender a no quedarnos callados.
“Aprovechar nuestro tiempo libre en actividades productivas” era la consigna.
Desde esa óptica, vale la pena leer al Abelardo de la Espriella de hoy.
Esta columna tiene, claro, un matiz político: sería ingenuo escribir sobre Abelardo y fingir que Colombia no atraviesa una elección decisiva.
Pero el propósito no es electoral. Es humano, periodístico y generacional: volver sobre una etapa que ayuda a entender mejor a una persona que desde temprano mostró una relación intensa con la palabra, el liderazgo y la escena pública.

Abelardo no descubre hoy el micrófono. Lo conoce desde joven. Lo que cambió fue el tamaño del auditorio.
Hoy hablamos del candidato presidencial que llegó a la segunda vuelta con 10.366.143 votos y que, desde Defensores de la Patria, le propone a Colombia un modelo de país de corte conservador, con énfasis en autoridad, seguridad, orden institucional y valores tradicionales.
Pero nada serio aparece por generación espontánea.
Mi madre suele decir que hay cosas que no se recogen del suelo ni aparecen, por arte de magia, a la vuelta de la esquina.
A ciertos lugares se llega con trabajo, disciplina, decisiones, circunstancias favorables y una preparación larga. Solo después, cuando Dios, el destino o el tiempo ordenan las piezas, comprendemos que nada llegó por azar.
Por eso, a quienes conocimos al joven Abelardo, su personalidad y esa forma suya de ocupar el espacio sin pedir permiso, no nos sorprende del todo verlo hoy, en el lugar en que está.
Puede sorprender el momento, la temperatura política del país o la rapidez con que su figura pasó de la controversia mediática al centro de la disputa presidencial. Pero no sorprende su vocación pública.
Primero estuvo el muchacho que encontró en la comunicación una disciplina para su carácter y un escenario para sus inquietudes.
Después vendrían el abogado, el empresario, el escritor, el cantante, el conversador público y, ahora, el candidato.

Cambiaron los escenarios y cambió el tamaño del público, pero permanece intacta la disposición a liderar, tomar la palabra y convertir sus ideas en proyectos y realidades.
Se ha especulado mucho sobre el entonces “Papucho de la Espriella”: el estudiante inquieto, el muchacho rebelde, la personalidad difícil de acomodar en moldes.
Muchas escenas de aquella época, vistas hoy, pueden resultar incómodas; no se trata de justificarlas.
Pero tampoco conviene caer en el presentismo: juzgar el pasado únicamente con el lenguaje y las sensibilidades del presente.
Una trayectoria no se entiende escogiendo solo los episodios que más servirían para ridiculizar, caricaturizar o atacar. Lo justo es mirar el conjunto: el contexto, los aprendizajes, las decisiones y la obra que el tiempo ha ido construyendo.
La juventud suele venir cargada de fuerza interior, expresividad e ímpetu. Es una etapa de búsqueda de identidad, autonomía y reconocimiento.
Sin acompañamiento oportuno, ese ímpetu puede tomar rutas equivocadas; pero cuando aparece la mirada de un mayor capaz de leer el momento, no para apagarlo sino para orientarlo, encuentra rumbo.

En ese proceso fue decisiva la figura de Abelardo de la Espriella Juris. Con algo de humor, podría decirse que respira derecho y lo lleva hasta en el apellido.
De él vienen también el verbo, el carácter y esa natural soltura para ser buen anfitrión, tertuliar con amigos, dirigirse a un tribunal, hablar en una tarima o sostener una idea ante un auditorio.
Fue él quien entendió temprano que las inquietudes de su hijo podían tomar forma en la palabra y la comunicación.
Por eso lo llevó ante Jaime Abello Banfi, entonces gerente de Telecaribe, para proponerle un espacio juvenil en la televisión regional.
La respuesta de Abello fue visionaria. Entendió el talento de Abelardo, pero también advirtió que no bastaba con poner ante cámaras a un solo joven, por brillante o prometedor que fuera.
Tocaba abrir la puerta a otros, convertir la inquietud de uno en escuela para muchos.
Allí la idea escaló. Lo que pudo haber sido una vitrina personal empezó a pensarse como un proyecto piloto para Córdoba, con vocación Caribe y espíritu de semillero.
Había que buscar otros jóvenes con ese mismo pulso: muchachos capaces de hablarle a su generación, preguntar sin miedo, mirar la realidad desde su edad y demostrar que la juventud también podía producir contenido, criterio y participación.
Ahí nació Inquietudes Juveniles como plataforma colectiva de formación, comunicación y liderazgo.

Hacer radio o televisión juvenil en aquella época, dentro de un ecosistema periodístico y mediático dominado por adultos, era, dicho en el lenguaje de hoy, generar contenidos con método, criterio y responsabilidad.
Exigía estudiar un tema, preparar preguntas, buscar fuentes, entrevistar personajes y funcionarios, salir a la calle, conversar con jóvenes de colegios públicos y privados, revisar y editar el material grabado, construir una entrada, modular la voz y entender que al otro lado había una audiencia real.
Esa experiencia no formaba solo reporteros o presentadores juveniles. Nos demostraba que, como jóvenes, éramos más que un comité logístico o de aplausos: podíamos tener voz, proponer y construir ciudadanía. Nos daba criterio y sentido de lo público.
Los jóvenes de hoy tienen otros lenguajes, otras plataformas y otras urgencias. Sería injusto medirlos con el reloj de otra época.
Pero Inquietudes Juveniles enseñaba algo que todavía conserva valor: la inconformidad también puede organizarse, volverse argumento y entrar a las instituciones, no para destruirlas ni para aplaudirlas, sino para renovarlas.
Telecaribe, bajo la dirección de Jaime Abello Banfi, representaba una idea generosa de región: una televisión pública capaz de formar voces, no solo de entretener y transmitir imágenes.
Que un canal regional abriera espacio a muchachos casi adolescentes no era una concesión menor. Era una apuesta cultural. Era creer que la juventud no solo debía ser corregida, sino escuchada.
Por eso Inquietudes Juveniles tuvo una trascendencia que no siempre se ha contado con justicia. No se quedó en la pantalla: salió a los colegios, a las calles, a los auditorios y a los encuentros juveniles.
Dejó de ser solo un programa de televisión para convertirse en una organización creativa, cultural y cívica, capaz de reunir jóvenes alrededor de la palabra, la participación y el servicio.

Esa fue su evolución más valiosa: pasar de emisión regional a semillero de liderazgo juvenil, del que luego surgirían otros procesos, otras plataformas y otros liderazgos.
No hace falta mencionar nombres para reconocer su alcance. No hacerlo también es una forma de respeto, porque cada quien ha tomado su camino y sus propias posiciones frente a la vida pública.
Basta mirar el recorrido de muchos de quienes pasaron por allí, en distintas generaciones, para entender que aquello no fue un juego pasajero: la academia, las artes, el periodismo, la cultura, la gestión pública, la política, el liderazgo social o la vida profesional desde lugares menos visibles, conservando siempre algo esencial de aquella escuela: criterio, iniciativa y sentido de aporte a la sociedad.
Abelardo tomó su propio camino hasta convertirse en el abogado de prestigio nacional que el país conoce.

A Abelardo se le puede discutir su estilo, sus decisiones profesionales y las causas que asumió. Eso hace parte del debate legítimo alrededor de una figura pública. Pero no debe olvidarse algo elemental: ningún abogado debe ser confundido automáticamente con la causa moral de cada cliente.
Lo singular en Abelardo es que su ejercicio del derecho nunca estuvo separado de la comunicación. No ha sido un abogado de bajo perfil. Ha sido una figura de talla nacional y presencia pública permanente: empresario de marcas propias, escritor, cantante, entrevistador y, hoy, candidato presidencial.
Son facetas distintas, sí, pero no inconexas. En todas aparece una misma raíz.
Tal vez por eso, en las inquietudes juveniles de Abelardo encontramos las primeras señales del outsider que hoy tiene ante sí la posibilidad real de gobernar a Colombia.
“Desde chiquito pintó lo que iba a ser”, diría mi abuela.



